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En las últimas décadas, la relación entre humanos y animales de compañía ha dejado de ser un asunto meramente afectivo para convertirse en un objeto de estudio científico serio. Lo que durante mucho tiempo se intuyó —que convivir con una mascota “hace bien”— hoy cuenta con un respaldo creciente desde la epidemiología, la psicología, la cardiología y las neurociencias. En particular, la evidencia acumulada sugiere que tener una mascota, y especialmente un perro, no solo mejora la calidad de vida, sino que puede contribuir a vivir más años y en mejores condiciones.

Uno de los trabajos más citados sobre este tema es el metanálisis publicado en la revista Circulation por Kramer y colaboradores, que analizó datos de más de 3,8 millones de personas procedentes de distintos estudios observacionales. La conclusión fue clara: los dueños de perros presentaban una reducción significativa de la mortalidad por cualquier causa, cercana al 24 %, y una disminución aún mayor de la mortalidad cardiovascular. En personas que habían sufrido un infarto previo, el efecto protector era especialmente marcado. Aunque este tipo de estudios no permite afirmar una causalidad directa, la consistencia de los resultados en poblaciones muy distintas refuerza la solidez de la asociación.

El principal mecanismo explicativo en el caso de los perros es el aumento sostenido de la actividad física. Tener un perro implica salir a la calle con regularidad, independientemente del clima, el estado de ánimo o la pereza del día. Estas caminatas, aunque no siempre sean de alta intensidad, suman un volumen de ejercicio aeróbico suficiente como para reducir el riesgo de hipertensión, diabetes tipo 2, obesidad y enfermedad cardiovascular. A diferencia del ejercicio “voluntario”, el paseo del perro tiene un componente de responsabilidad que lo hace más constante en el tiempo, algo clave desde el punto de vista de la salud pública.

Pero reducir el impacto de tener un perro únicamente al ejercicio sería simplificar en exceso el fenómeno. Desde la psicología de la salud sabemos que el estrés crónico, la soledad y la depresión son factores de riesgo tan relevantes como el sedentarismo o el tabaquismo. En este sentido, los animales de compañía actúan como potentes moduladores emocionales. Numerosos estudios han mostrado que interactuar con una mascota reduce los niveles de cortisol, la hormona del estrés, y puede aumentar la liberación de oxitocina, asociada al vínculo, la calma y la sensación de seguridad. Este efecto no es anecdótico: se ha observado tanto en adultos jóvenes como en personas mayores y en contextos clínicos.

La soledad, considerada ya por la Organización Mundial de la Salud como un problema de salud pública, es otro punto clave. Vivir solo no equivale necesariamente a sentirse solo, pero el aislamiento social sostenido tiene efectos claros sobre la mortalidad. Las mascotas, especialmente perros y gatos, ofrecen una forma estable de compañía no juzgadora, con rutinas compartidas y señales constantes de interacción. En adultos mayores, este vínculo puede marcar la diferencia entre una vida pasiva y una vida con estructura, propósito y motivación diaria. De hecho, estudios longitudinales en población envejecida han mostrado que los propietarios de mascotas presentan un menor riesgo de deterioro funcional y discapacidad física.

El caso de Japón resulta especialmente ilustrativo. En un estudio con más de once mil personas mayores, se observó que quienes tenían perro mantenían durante más tiempo su independencia funcional. No se trataba solo de caminar más, sino de conservar una actitud más activa frente a la vida cotidiana. Cuidar de otro ser vivo obliga a planificar, tomar decisiones, mantener horarios y responder a necesidades externas, todas ellas funciones que estimulan tanto el cuerpo como la mente.

En el ámbito cognitivo, la evidencia también es creciente. Aunque no se puede afirmar que tener una mascota prevenga la demencia, sí existen datos que indican una asociación entre convivencia con animales y un menor deterioro cognitivo en el envejecimiento. La explicación vuelve a ser multifactorial: menor estrés, mayor actividad física, más interacción social y una estimulación mental constante. Incluso tareas aparentemente simples, como recordar horarios de comida o interpretar las señales del animal, activan procesos cognitivos relevantes.

Si ampliamos la mirada más allá de los perros, los beneficios de las mascotas en general siguen siendo notables, aunque con matices. Los gatos, por ejemplo, no suelen fomentar la actividad física en la misma medida, pero sí aportan compañía, reducción del estrés y regulación emocional. Algunos estudios han encontrado asociaciones entre tener gato y menor riesgo de eventos cardiovasculares, aunque los resultados son menos consistentes que en el caso de los perros. Aun así, para personas con movilidad reducida o estilos de vida más sedentarios, los gatos pueden cumplir una función emocional protectora muy relevante.

Otras mascotas, como aves, peces o pequeños mamíferos, también pueden contribuir al bienestar psicológico, especialmente en términos de rutina, distracción positiva y sensación de responsabilidad. En contextos clínicos y educativos, la terapia asistida con animales ha mostrado beneficios en pacientes con trastornos del espectro autista, depresión, ansiedad y daño neurológico. Aunque estos efectos no siempre se traducen directamente en mayor longevidad, sí impactan de forma clara en la calidad de vida, un aspecto inseparable del concepto de salud.

Un elemento interesante es el papel de las mascotas como facilitadores sociales. Pasear con un perro incrementa la probabilidad de interacciones espontáneas con otras personas, desde conversaciones breves hasta la creación de redes comunitarias estables. Este fenómeno, aparentemente trivial, tiene implicaciones profundas. La conexión social es uno de los factores más robustos asociados a la longevidad en estudios clásicos y contemporáneos. No es casual que en las llamadas “zonas azules”, regiones con alta esperanza de vida, la vida social activa sea un rasgo común. Las mascotas, sin pretenderlo, actúan como catalizadores de ese contacto humano.

Desde una perspectiva más amplia, convivir con animales también puede influir en la forma en que las personas se perciben a sí mismas. Cuidar de una mascota refuerza la identidad de alguien útil, responsable y capaz de atender a otro. Este sentimiento de propósito vital ha sido relacionado con menor mortalidad y mejor salud mental. En personas jubiladas, viudas o en transiciones vitales difíciles, la mascota puede convertirse en un eje organizador del día a día, evitando la apatía y el retraimiento.

Conviene, no obstante, introducir una nota de realismo. Tener una mascota no es una intervención mágica ni universalmente beneficiosa. Requiere recursos, tiempo y energía. En algunas personas, especialmente si atraviesan situaciones de estrés extremo o dificultades económicas, la responsabilidad añadida puede ser una carga más que un beneficio. Además, la mayoría de los estudios disponibles son observacionales, lo que implica que las personas que eligen tener mascotas podrían ser, de entrada, más activas o más saludables. Aun así, incluso controlando estas variables, los efectos positivos tienden a mantenerse.

Desde el punto de vista de la salud pública y la psicología preventiva, el mensaje es claro: fomentar una convivencia responsable con animales puede ser una estrategia complementaria para mejorar el bienestar físico y emocional de la población. No se trata de recomendar “recetar un perro” de forma indiscriminada, sino de reconocer que el vínculo humano-animal es un recurso infrautilizado con un potencial significativo.

En un mundo cada vez más urbano, digitalizado y acelerado, las mascotas introducen una pausa biológica y emocional. Obligan a bajar el ritmo, a prestar atención a lo concreto, a conectar con lo no verbal. En términos psicológicos, favorecen una forma de presencia que hoy escasea. En términos fisiológicos, promueven hábitos y estados internos que protegen frente a las principales enfermedades crónicas.

En definitiva, la ciencia no afirma que tener una mascota garantice una vida más larga, pero sí muestra de forma consistente que convivir con animales, y especialmente con perros, se asocia a vivir mejor y, en muchos casos, durante más tiempo. La longevidad no depende de un único factor, sino de una constelación de hábitos, vínculos y significados. En esa constelación, las mascotas ocupan un lugar cada vez más visible y mejor respaldado por la evidencia.


Referencias académicas

  • Kramer, C. K., Mehmood, S., & Suen, R. S. (2019). Dog ownership and survival: A systematic review and meta-analysis. Circulation: Cardiovascular Quality and Outcomes, 12(10), e005554.
  • Friedmann, E., & Son, H. (2009). The human–companion animal bond: How humans benefit. Veterinary Clinics of North America: Small Animal Practice, 39(2), 293–326.
  • McNicholas, J., & Collis, G. M. (2006). Animals as social supports: Insights for understanding animal-assisted therapy. Handbook on Animal-Assisted Therapy.
  • Aiba, N. et al. (2021). Pet ownership and incident functional disability among community-dwelling older Japanese adults. Journal of Epidemiology, 31(5), 292–298.
  • Beetz, A., Uvnäs-Moberg, K., Julius, H., & Kotrschal, K. (2012). Psychosocial and psychophysiological effects of human–animal interactions. Frontiers in Psychology, 3, 234.
  • Holt-Lunstad, J., Smith, T. B., & Layton, J. B. (2010). Social relationships and mortality risk. PLoS Medicine, 7(7), e1000316.

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