En una era en la que el teléfono inteligente es una extensión casi inseparable de nuestra conciencia, capturar momentos —un atardecer, una cena con amigos, una obra de arte— se ha convertido en un acto casi ritual. “Hagamos una foto para el recuerdo” es una frase que escuchamos y pronunciamos con naturalidad. Pero, ¿y si esa foto, lejos de preservar la experiencia, en realidad la diluye?
Recientemente, investigadores de la Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) publicaron un estudio en la revista Memory & Cognition que arroja luz sobre este fenómeno. Los resultados son desconcertantes y, a la vez, profundamente reveladores: las personas que toman fotografías durante una experiencia tienden a recordar menos detalles de lo que vivieron, incluso en comparación con aquellas que simplemente observaron los estímulos sin registrarlos. Este hallazgo invita a una reflexión urgente sobre la relación entre tecnología, atención plena y memoria autobiográfica.
El experimento: fotografía versus observación
El estudio, liderado por el equipo del Dr. Alixandra Barasch, replicó y amplió investigaciones previas sobre el “efecto cámara” (camera effect). En una serie de experimentos controlados, los participantes recorrieron museos y exposiciones. A algunos se les permitió tomar fotos de los objetos expuestos; a otros, solo observarlos. Posteriormente, se les evaluó su capacidad para recordar características específicas (color, forma, contexto, ubicación, significado).
Los resultados fueron consistentes: quienes fotografiaban los objetos mostraban un recuerdo significativamente más débil. No se trataba de una simple distracción momentánea; el acto mismo de enmarcar la imagen parecía reconfigurar la forma en que el cerebro procesaba la información. En lugar de codificar la experiencia en su riqueza sensorial y emocional, la mente se focalizaba en los aspectos técnicos de la captura: encuadre, luminosidad, enfoque.
Este fenómeno no es nuevo en psicología cognitiva. Desde hace décadas sabemos que la memoria no es una grabación pasiva, sino un proceso activo de selección, elaboración y significación. Lo que atendemos es lo que recordamos. Y la atención, como recurso limitado, se distribuye de forma competitiva.
La atención dividida: el precio de “capturar” la realidad
Tomar una foto implica una reasignación de recursos atencionales. Mientras el ojo se fija en la pantalla del móvil y los dedos ajustan el zoom, el cerebro deja de absorber otros canales sensoriales: el sonido ambiental, las texturas, los olores, las emociones corporales, los matices de la interacción social. En términos de la teoría de los sistemas de codificación múltiple (Paivio, 1986), estamos privilegiando una vía visual instrumental sobre redes más integradas de experiencia multisensorial.
Esto tiene consecuencias prácticas. Por ejemplo, en un concierto, el espectador que está ocupado grabando video pierde la vibración física del bajo, la conexión visual con el artista, la risa compartida con quien está a su lado. La memoria que construye es más pobre, más fragmentada, más dependiente del artefacto externo que de su propia vivencia.
Es más: la creencia de que “la foto lo guardará todo” genera una ilusión de memoria externa (Sparrow et al., 2011). Confiamos en que el dispositivo hará el trabajo por nosotros, lo que reduce el esfuerzo cognitivo de codificar la experiencia en nuestra memoria autobiográfica. En el fondo, delegamos nuestra capacidad de recordar, con todas las implicaciones que eso conlleva para la identidad personal.
Memoria autobiográfica y la construcción del self
Desde una perspectiva más profunda, la memoria no solo almacena hechos: teje la narrativa de quiénes somos. Cada recuerdo significativo —una conversación intensa, un paisaje que nos conmovió, un error del que aprendimos— contribuye a la coherencia de nuestro “self narrativo” (McAdams, 1993).
Cuando priorizamos la documentación sobre la inmersión, corremos el riesgo de construir una autobiografía basada en imágenes planas en lugar de experiencias densas. Y esto no es solo una pérdida estética: afecta nuestra capacidad de regulación emocional, de comprensión de patrones personales y de conexión con los demás.
Las psicologías de tercera generación —como la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT)— enfatizan la presencia consciente como fundamento del bienestar psicológico. Vivir con plenitud implica estar aquí y ahora, no estar pensando en cómo se verá esto en Instagram o si capturamos el ángulo perfecto. El acto de fotografiar, cuando se vuelve compulsivo o evitativo, puede funcionar como una forma de evitación experiencial: una manera de mantenernos a distancia de la intensidad —positiva o negativa— del momento presente.
¿Significa esto que debemos dejar de tomar fotos?
No necesariamente. La fotografía, como herramienta, no es intrínsecamente dañina. Puede ser un medio de expresión, un recurso mnemotécnico útil o una forma de compartir afecto. El problema no reside en la tecnología, sino en la intención y la forma en que la usamos.
Investigaciones posteriores han mostrado que tomar fotos de forma intencional —por ejemplo, con el propósito de observar más detenidamente un objeto— puede, paradójicamente, mejorar el recuerdo (Barasch et al., 2017). La diferencia radica en la conciencia: ¿estoy fotografiando para capturar o para conectarme?
Algunas estrategias para un uso más equilibrado incluyen:
- Establecer “zonas sin pantallas”: durante comidas, conversaciones profundas o momentos de contemplación natural.
- Fotografiar después, no durante: tomar la foto una vez que ya hayas absorbido la experiencia con tus sentidos.
- Practicar la mirada consciente: antes de sacar el móvil, detente 30 segundos. Observa, respira, siente. Luego decide si la foto enriquece o interrumpe.
- Revisar las fotos con intención: no acumularlas, sino usarlas como puertas de entrada a la reevocación activa de recuerdos, no como sustitutos de ellos.
La paradoja de la memoria digital
Vivimos en la paradoja de tener más recuerdos almacenados que ninguna generación anterior —miles de fotos, videos, entradas de diario digital—, y, sin embargo, menos profundidad en la conexión con lo vivido. Nuestra memoria se externaliza, se fragmenta, se convierte en una colección de archivos sin contexto emocional.
Esto plantea una pregunta ética y existencial: ¿qué tipo de vida queremos recordar? ¿Una serie de instantáneas perfectas y estilizadas, o una narrativa rica, imperfecta y auténticamente sentida?
Como escribió el filósofo Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica: “La cámara nos da una imagen de la realidad, pero no nos da la experiencia de ella”. Hoy, casi un siglo después, su advertencia resuena con urgencia renovada.
Conclusión: recordar con el cuerpo, no solo con el ojo
El estudio de la SUNY no es una llamada a la nostalgia tecnofóbica, sino una invitación a la conciencia crítica. En un mundo hiperconectado, la verdadera habilidad no es cuánto logramos documentar, sino cuánto logramos vivir.
Atesorar un recuerdo no se logra con un clic, sino con presencia. Con la mirada abierta, el cuerpo presente y la mente receptiva. Porque al final, los recuerdos que más nos sostienen no son los que están en la nube, sino los que están en nosotros: tejidos con atención, emoción y significado.
Así que la próxima vez que estés frente a un momento hermoso, considera: ¿quieres guardarlo para mostrarlo… o para sentirlo? Tal vez, en esa elección, resida la diferencia entre una vida documentada y una vida vivida.
Referencias:
- Barasch, A., Zauberman, G., & Diehl, K. (2017). How taking photos increases enjoyment of experiences. Journal of Personality and Social Psychology, 113(2), 1–18.
- Henkel, L. A. (2014). Point-and-shoot memories: The influence of taking photos on memory for a museum tour. Psychological Science, 25(2), 396–402.
- Sparrow, B., Liu, J., & Wegner, D. M. (2011). Google effects on memory: Cognitive consequences of having information at our fingertips. Science, 333(6043), 776–778.
- McAdams, D. P. (1993). The stories we live by: Personal myths and the making of the self. Guilford Press.
- Hayes, S. C., Strosahl, K. D., & Wilson, K. G. (2012). Acceptance and Commitment Therapy: The process and practice of mindful change (2nd ed.). Guilford Press.







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