A menudo, cuando pensamos en terapia, la imagen mental que surge es la de un diván o dos sillones enfrentados en una habitación silenciosa. Es la intimidad del uno a uno, el refugio del secreto compartido. Sin embargo, existe una modalidad que, aunque a veces genera una resistencia inicial —el miedo a la exposición, el pudor ante extraños—, posee una potencia transformadora que la terapia individual rara vez puede replicar por sí sola: la terapia de grupo.
No es, como algunos creen, una versión «low cost» o una solución masiva para ahorrar tiempo al terapeuta. Es una entidad clínica en sí misma. La terapia de grupo se basa en una premisa tan antigua como nuestra especie: somos animales sociales que se enferman en aislamiento y sanan en comunidad. Como decía Irvin Yalom, una de las figuras más lúcidas en este campo, el grupo es un «microcosmos social» donde terminamos representando los mismos conflictos que nos hacen sufrir fuera, pero con la diferencia de que aquí podemos verlos, entenderlos y, finalmente, cambiarlos.
¿Qué es realmente la terapia de grupo?
En esencia, es un encuentro programado de personas (generalmente entre 5 y 12) que, bajo la guía de uno o dos terapeutas formados, trabajan sobre sus dificultades emocionales, relacionales o conductuales. Pero esa definición se queda corta.
Lo que diferencia a un grupo terapéutico de una charla entre amigos o de una reunión de apoyo es el uso del «aquí y ahora». Mientras que en la vida cotidiana solemos hablar de lo que nos pasó el martes en el trabajo o de cómo nos sentimos respecto a nuestra madre, en el grupo se presta una atención quirúrgica a lo que está sucediendo en ese preciso instante entre los miembros.
- ¿Por qué me he sentido ignorado cuando Juan ha empezado a hablar?
- ¿Por qué tiendo a rescatar a María cada vez que parece que va a llorar?
- ¿Por qué me cuesta tanto decir que no estoy de acuerdo con el líder del grupo?
Esas interacciones son el material de trabajo. No son anécdotas; son patrones de personalidad en vivo.
Los pilares de la curación: Los factores curativos de Yalom
Para entender por qué alguien mejora al sentarse en un círculo con desconocidos, debemos alejarnos de la idea de que el terapeuta es el único que cura. En el grupo, los pacientes se curan entre sí. Irvin Yalom identificó varios factores que son el motor del cambio:
1. La universalidad del sufrimiento
Uno de los sentimientos más devastadores en la depresión o la ansiedad es la sensación de ser «el único». El aislamiento emocional nos hace creer que nuestros pensamientos son demasiado oscuros o extraños. Al escuchar a otro decir: «Yo también siento ese vacío al despertar», el alivio no es solo consuelo; es una validación ontológica. Dejamos de ser «raros» para ser humanos enfrentando retos humanos.
2. El altruismo
En la terapia individual, el paciente siempre es el receptor de la ayuda. En el grupo, el paciente descubre que él también tiene algo valioso que dar. Sugerir una perspectiva a un compañero o simplemente escuchar con empatía devuelve al individuo la sensación de utilidad y autoeficacia, algo que suele estar muy mermado en personas con baja autoestima.
3. El aprendizaje social y el modelado
Observar cómo otros enfrentan sus problemas o cómo se comunican ofrece un repertorio de conductas que podemos «ensayar». Si veo que un compañero es capaz de expresar su enfado sin destruir al otro y que, además, recibe respeto por ello, mi cerebro empieza a registrar que esa es una vía posible para mí también.
4. La recapitulación correctiva del grupo familiar primario
Este es un punto denso pero vital. Casi todos arrastramos cuentas pendientes con nuestra familia de origen. Inevitablemente, en el grupo proyectamos esos roles: alguien nos recordará a nuestro padre autoritario, otro a nuestra hermana competitiva. El grupo ofrece la oportunidad de «volver a vivir» esos conflictos pero con un final distinto, permitiendo que la persona experimente nuevas formas de relacionarse con la autoridad o con los iguales.
Tipos de grupos: No todo es «sentarse a hablar»
La terapia de grupo no es un bloque monolítico. Dependiendo del objetivo y de la corriente teórica, la estructura cambia radicalmente.
Grupos Psicoeducativos
Aquí el enfoque es más directivo. El terapeuta (o facilitador) imparte información sobre una patología o condición específica (por ejemplo, gestión del duelo, manejo del estrés o trastorno bipolar). El objetivo es que los miembros adquieran herramientas cognitivas y conductuales. Son grupos más estructurados y suelen tener una duración determinada (por ejemplo, 12 sesiones).
Grupos de Procesamiento (Psicoterapéuticos)
Son menos estructurados. No hay un «tema del día» prefijado. Se confía en que lo que necesite salir, saldrá. El foco está en la dinámica interna: los afectos, las resistencias y las proyecciones. Son ideales para personas que quieren profundizar en su personalidad y en su forma de vincularse.
Grupos de Apoyo o Autoayuda
A diferencia de los anteriores, no siempre requieren un terapeuta profesional (aunque es recomendable). Su fuerza reside en la identidad compartida: «Alcohólicos Anónimos» es el ejemplo clásico. Se centran en el apoyo mutuo y en la validación de una experiencia común muy específica.
Grupos de Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) en grupo
Se enfocan en modificar patrones de pensamiento y conductas disfuncionales. Se suelen usar para fobias sociales, trastornos de la alimentación o pánico. Son prácticos, con «deberes» entre sesiones y un enfoque muy orientado a la resolución de síntomas.
El papel del terapeuta: El «director de orquesta» invisible
Un error común es pensar que el terapeuta de grupo trabaja menos porque «los pacientes hablan entre ellos». Es todo lo contrario. Si en la terapia individual el clínico maneja una sola línea narrativa, en el grupo maneja una red compleja de interacciones.
El terapeuta tiene tres misiones críticas:
- Creación y mantenimiento del grupo: Seleccionar a los miembros (no todos los pacientes son aptos para cualquier grupo), establecer normas de confidencialidad y asegurar un clima de seguridad.
- Construcción de la cultura grupal: Fomentar la honestidad, el respeto y la participación activa. El terapeuta debe desalentar los ataques personales y fomentar la curiosidad sobre el otro.
- Iluminación del proceso: Traducir lo que está pasando. Si el grupo entra en un silencio incómodo, el terapeuta no lo rompe con una anécdota, sino que pregunta: «¿Qué está pasando ahora mismo que nos impide hablar?».
[Image showing a comparison table between individual and group therapy advantages]
Profundizando: ¿Por qué es tan eficaz para los problemas de relación?
La mayoría de nosotros acudimos a terapia porque algo falla en nuestras relaciones: soledad, conflictos constantes, dependencia o incapacidad para poner límites. La paradoja de intentar resolver esto en terapia individual es que el paciente está relatando su versión de la historia a un profesional que siempre es empático y no juzga.
En el grupo, no hay escapatoria. Si un paciente es pasivo-agresivo, eventualmente lo será con algún miembro del grupo. Si alguien es narcisista y acapara la atención, el grupo se lo hará saber (de forma terapéutica, pero clara).
El concepto de «feedback» o retroalimentación:
En la vida real, si haces algo que molesta a los demás, la gente simplemente se aleja o te critica a tus espaldas. En el grupo, se te da el regalo de la verdad. Alguien puede decirte: «Cuando interrumpes a los demás, siento que mi opinión no te importa y me dan ganas de dejar de hablarte». Esa información es oro puro. Es el espejo que permite al individuo ajustar su comportamiento social en un entorno controlado donde el error no significa el fin de la relación, sino una oportunidad de aprendizaje.
La importancia del encuadre y la confidencialidad
Para que el grupo sea un espacio seguro («vaso contenedor»), existen reglas de hierro. La más importante es la confidencialidad: lo que se dice en el círculo, muere en el círculo. Sin esto, la vulnerabilidad es imposible.
Otro aspecto crucial es el contacto fuera del grupo. Generalmente, se desaconseja o se prohíbe que los miembros se vean socialmente fuera de las sesiones. ¿Por qué? Porque si dos miembros se hacen amigos o inician una relación sentimental, se crean «subgrupos» o alianzas que rompen la transparencia del proceso. La información que se comparte en una cena privada ya no está disponible para el trabajo terapéutico de todos, y eso debilita la potencia del conjunto.
Desafíos y resistencias: ¿Para quién no es la terapia de grupo?
A pesar de sus beneficios, no es una panacea universal. Existen contraindicaciones o momentos donde no es recomendable:
- Crisis agudas: Una persona en estado suicida inminente o en un brote psicótico necesita una contención individual e intensiva antes de entrar en un grupo.
- Fobia social extrema: Aunque el grupo es el tratamiento de elección para la fobia social, a veces el nivel de ansiedad es tan paralizante que se requiere un trabajo previo individual para que el paciente pueda siquiera sentarse en la sala.
- Personas con rasgos de personalidad muy dominantes o disruptivos: Aquellos que no pueden respetar el turno de palabra o que usan el grupo para atacar sistemáticamente a otros pueden dañar la seguridad del espacio.
Casos prácticos: La teoría en la realidad
Caso A: El «salvador»
Ricardo entra en un grupo para tratar su ansiedad. Durante las primeras semanas, se dedica exclusivamente a dar consejos a los demás. Se muestra muy inteligente y resolutivo. El terapeuta nota que Ricardo evita hablar de sus propios miedos. En una sesión, otro miembro le dice: «Ricardo, agradezco tus consejos, pero siento que te escondes detrás de ellos para que no miremos lo que te pasa a ti». Ricardo se queda en silencio. Por primera vez, se permite llorar y confesar que siente que si no es útil para los demás, nadie lo querrá. Ese es el inicio de su verdadera recuperación.
Caso B: El miedo al conflicto
Elena es una mujer que siempre complace a todos. En el grupo, alguien expresa una opinión que a ella le desagrada profundamente. En lugar de callar como hace siempre, el terapeuta la anima a expresar su desacuerdo. Elena lo hace, temblando. Descubre que el grupo no la rechaza; de hecho, la respetan más por su honestidad. Elena traslada esa nueva habilidad a su matrimonio, transformando su dinámica de pareja.
Reflexión final: La reconexión necesaria
Vivimos en una época de hiperconexión digital y soledad profunda. Tenemos cientos de «amigos» en redes sociales, pero pocos espacios donde ser vistos en nuestra totalidad, con nuestras sombras y nuestras torpezas.
La terapia de grupo es un acto de resistencia contra esa soledad cosmética. Nos obliga a mirar a los ojos, a sostener el silencio, a lidiar con la diferencia y a descubrir, con asombro, que nuestras heridas son mucho más parecidas a las del vecino de lo que nos atrevíamos a imaginar. Al final del día, el grupo nos enseña que no necesitamos ser perfectos para pertenecer; solo necesitamos ser honestos.
Fuentes y lecturas recomendadas
- Yalom, I. D., & Leszcz, M. (2020). The Theory and Practice of Group Psychotherapy. Basic Books. (Considerada la «biblia» de la terapia de grupo).
- Bion, W. R. (1961). Experiences in Groups. Tavistock Publications. (Un enfoque psicoanalítico sobre los supuestos básicos de los grupos).
- Corey, G. (2015). Theory and Practice of Group Counseling. Cengage Learning.
- Burlingame, G. M., Fuhriman, A., & Mosier, J. (2003). The differential effectiveness of group psychotherapy: A meta-analytic perspective. En este estudio se analiza la eficacia comparada de la terapia grupal frente a la individual.
- Fuhriman, A., & Burlingame, G. M. (1994). Handbook of Group Psychotherapy: An Empirical and Clinical Synthesis. Wiley.








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