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Es un tema que conecta directamente con la sensación de «no llegar a todo» que experimenta la mayoría de las personas, pero analizado desde las raíces que proponen pensadores como Byung-Chul Han y la evidencia psicológica sobre el agotamiento cognitivo.


La trampa de la realización personal: Por qué estamos tan cansados

Hace unas décadas, el principal conflicto del individuo era la obediencia. Vivíamos en una «sociedad de la disciplina», como la llamaba Foucault, donde las normas externas —la escuela, la fábrica, la iglesia— nos decían qué hacer y qué no. Hoy, ese peso ha cambiado de bando. Ya no sufrimos tanto por la prohibición de un agente externo, sino por la presión interna de un «yo» que se exige ser optimizado constantemente.

Hemos pasado de ser sujetos de obediencia a ser proyectos de rendimiento. Y en ese tránsito, algo se ha roto.

Del deber al poder: La paradoja de la libertad

La transición es sutil pero devastadora. El lema actual no es «tienes que», sino «puedes». A primera vista, parece una liberación. Sin embargo, la psicología contemporánea y la filosofía del cansancio sugieren que este «poder hacer» es más coercitivo que el deber. Si no logras tus objetivos, la culpa ya no recae en un sistema opresor, sino en tu propia falta de voluntad, en tu mala gestión del tiempo o en tu insuficiente «resiliencia».

Esta interiorización de la presión nos convierte en víctimas y verdugos al mismo tiempo. La autoexplotación es mucho más eficaz que la explotación ajena porque viene disfrazada de libertad y realización personal. Nos quemamos (el famoso burnout) no porque trabajemos mucho, sino porque hemos perdido la capacidad de poner límites a nuestra propia ambición de ser «la mejor versión de nosotros mismos».

El secuestro de la atención y la muerte de la contemplación

Para entender este cansancio, no basta con mirar la carga de trabajo; hay que mirar dónde está nuestra atención. Estamos inmersos en lo que se denomina la economía de la atención, un entorno diseñado para fragmentar nuestra concentración.

Desde la psicología cognitiva, sabemos que el cerebro no está diseñado para la multitarea constante ni para la respuesta inmediata que exigen las plataformas digitales. El coste de cambio (switching cost) consume una cantidad ingente de glucosa y energía mental. Cada vez que interrumpes una tarea profunda para mirar una notificación, no solo pierdes esos segundos; pierdes la inercia cognitiva que permite el pensamiento complejo.

Lo que el filósofo Byung-Chul Han denomina la «hiperatención» es en realidad una forma de dispersión. Es una atención superficial que salta de un estímulo a otro sin profundizar en ninguno. El problema es que el pensamiento creativo, la empatía profunda y la reflexión existencial requieren lo contrario: la atención profunda o el aburrimiento productivo. Al eliminar los tiempos muertos —esos minutos en los que simplemente esperas el autobús sin mirar el móvil—, estamos eliminando el sustrato donde se gesta el sentido de nuestra vida.

La positividad tóxica y el rechazo del dolor

Vivimos en una cultura que ha declarado la guerra a la negatividad. Se nos insta a ser felices, a ser proactivos, a ver el fracaso como una oportunidad. Si bien el optimismo tiene beneficios psicológicos documentados (como los estudios de Martin Seligman sobre el optimismo aprendido), llevado al extremo se convierte en una patología.

La negación del dolor, del duelo o del simple cansancio genera una presión añadida. Cuando el sufrimiento se vuelve invisible o se patologiza (si estás triste, estás enfermo; si estás cansado, eres ineficiente), el individuo se siente doblemente alienado. La psicología clínica advierte que la evitación experiencial —el intento de no sentir emociones desagradables— es uno de los predictores más claros de la ansiedad y la depresión a largo plazo.

Aceptar que la vida incluye momentos de vacío, de no-rendimiento y de tristeza no es pesimismo; es realismo psicológico. Es lo que nos permite descansar de verdad.

El agotamiento de los vínculos

Esta mentalidad de rendimiento también ha permeado nuestras relaciones. En la era de las aplicaciones de citas y la marca personal, el «otro» deja de ser una persona con la que vincularse para convertirse en un objeto de consumo o una herramienta de validación social.

La socióloga Eva Illouz ha analizado profundamente cómo el capitalismo afectivo ha transformado nuestras emociones en mercancías. Buscamos la máxima eficiencia emocional: queremos intimidad pero sin compromiso, queremos pasión pero sin el riesgo de ser heridos. El resultado es una fragilidad vincular que nos deja más solos y, por extensión, más agotados. No hay nada más cansado que mantener una máscara de éxito y felicidad constante frente a los demás.

Hacia una ética del cuidado y el desprendimiento

¿Cómo se sale de este bucle? No hay soluciones sencillas, pero la respuesta parece estar en la recuperación de la pasividad. No una pasividad perezosa, sino una «capacidad de no hacer».

  1. Recuperar el derecho al aburrimiento: Permitir que la mente divague sin un objetivo utilitario. Esto es biológicamente necesario para la consolidación de la memoria y la salud mental.
  2. Límites a la auto-optimización: Aceptar que no todo en la vida es un proyecto. Hay actividades que valen la pena simplemente por el hecho de realizarlas (hobbies sin fines de lucro, conversaciones largas, paseos).
  3. La atención como acto de resistencia: En un mundo que quiere fragmentar nuestro tiempo, dedicar una hora a una sola cosa (leer un libro, escuchar a alguien, mirar un paisaje) es un acto profundamente subversivo y reparador.

Reflexión final

El cansancio que sentimos hoy no es solo falta de sueño; es un cansancio del alma provocado por la falta de sentido en el hacer constante. Quizás el mayor avance psicológico que podemos hacer como sociedad no sea aprender a ser más productivos o más resilientes, sino aprender a detenernos. Aprender que nuestra valía no es una cifra de rendimiento, sino la capacidad de estar presentes en una vida que, por definición, es imperfecta, lenta y finita.


Fuentes y lecturas recomendadas

  • Han, B. C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder Editorial. (Ensayo fundamental sobre la autoexplotación y la pérdida de la contemplación).
  • Illouz, E. (2012). Por qué duele el amor: Una explicación sociológica. Clave Intelectual. (Sobre la mercantilización de los afectos).
  • Seligman, M. E. (2006). Learned Optimism. Vintage. (Para entender el origen y el uso correcto de la psicología positiva frente a su deriva actual).
  • Carr, N. (2010). The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains. W. W. Norton & Company. (Estudio sobre la plasticidad cerebral y la pérdida de la atención profunda).
  • Foucault, M. (1975). Vigilar y castigar. Siglo XXI Editores. (Contexto histórico sobre las sociedades de disciplina).

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