¿Por qué algunas personas se sienten constantemente amenazadas de abandono en sus relaciones? ¿Por qué otras evitan la intimidad emocional incluso cuando la desean profundamente? ¿Y por qué hay quienes parecen navegar sus vínculos afectivos con relativa seguridad y confianza? La respuesta, en gran parte, se encuentra en el tipo de apego que desarrollamos durante los primeros años de vida.
El apego no es algo que «se supera» al crecer. Es un sistema psicológico profundo que sigue funcionando en la edad adulta, influyendo en cómo nos relacionamos con nuestra pareja, con nuestros amigos, con nuestros hijos y, en definitiva, con nosotros mismos. Comprender tu estilo de apego puede ser uno de los pasos más transformadores que des en tu vida emocional.
¿Qué es el apego y por qué importa en la edad adulta?
El apego es el vínculo emocional que los seres humanos formamos con aquellas personas que percibimos como figuras de protección y cuidado. El psiquiatra británico John Bowlby fue el primero en describir este sistema en la década de 1960, concluyendo que los niños nacen con una necesidad biológica de crear lazos afectivos seguros. Estos vínculos tempranos no solo garantizan la supervivencia física del bebé, sino que le proporcionan un «mapa interno» sobre cómo funcionan las relaciones y qué puede esperar de los demás.
La psicóloga Mary Ainsworth amplió este trabajo con sus famosos experimentos de la «situación extraña», identificando diferentes patrones de apego en la infancia. Años más tarde, los investigadores Hazan y Shaver demostraron que estos mismos patrones se replican en las relaciones románticas adultas. Es decir: la forma en que aprendiste a vincularte con tu madre, tu padre o tu cuidador principal sigue resonando —de manera inconsciente— en cada relación significativa que estableces hoy.
Esto no significa que estés condenado a repetir los patrones del pasado. El cerebro humano es neuroplástico, y el estilo de apego, aunque estable, puede modificarse a lo largo de la vida con las experiencias correctas, la psicoterapia o simplemente tomando conciencia de los propios mecanismos.
Los cuatro estilos de apego adulto
La teoría moderna del apego adulto, desarrollada principalmente por Kim Bartholomew y Leonard Horowitz, describe cuatro estilos básicos en función de dos dimensiones: la imagen que tenemos de nosotros mismos y la imagen que tenemos de los demás.
1. Apego seguro
Las personas con apego seguro se sienten cómodas tanto con la intimidad como con la autonomía. Confían en que los demás estarán disponibles cuando los necesiten y no tienen miedo al abandono ni a la dependencia excesiva. Suelen comunicarse de forma directa y empática, manejar bien el conflicto y recuperarse con más facilidad de las rupturas.
Aproximadamente un 50-60% de la población adulta presenta este estilo, aunque las cifras varían según los estudios y las culturas. El apego seguro suele desarrollarse cuando los cuidadores fueron consistentemente responsivos y afectuosos en la infancia.
2. Apego ansioso o preocupado
Las personas con apego ansioso tienen una visión negativa de sí mismas y positiva de los demás: se sienten poco dignas de amor y temen constantemente que su pareja o sus seres queridos las abandonen. Tienden a estar hipervigilantes a cualquier señal de rechazo, necesitan mucha reafirmación emocional y pueden volverse dependientes o «pegajosas» en sus relaciones.
En la práctica, esto puede traducirse en celos frecuentes, dificultad para estar solos, explosiones emocionales o una tendencia a «leer entre líneas» buscando confirmaciones de que algo va mal. Este estilo suele surgir de una crianza inconsistente: cuidadores que a veces estaban disponibles y otras veces no, generando incertidumbre en el niño.
3. Apego evitativo o rechazante
El apego evitativo se caracteriza por una imagen positiva de uno mismo y negativa o desconfiada de los demás. Estas personas valoran profundamente su independencia y tienden a incomodarse ante la intimidad emocional. Suelen minimizar sus propias necesidades afectivas y pueden parecer fríos o distantes, aunque no sea su intención real.
En la infancia, sus figuras de apego solían ser emocionalmente inaccesibles o respondían con rechazo cuando el niño expresaba necesidades. El niño aprendió a suprimir sus emociones para no arriesgarse a la decepción. De adultos, estas personas pueden alejarse cuando la relación se vuelve demasiado íntima o cuando su pareja expresa necesidades emocionales.
4. Apego desorganizado o temeroso
El apego desorganizado combina una imagen negativa tanto de uno mismo como de los demás. Es el estilo más complejo y el que está más asociado a experiencias de trauma o maltrato en la infancia. La persona desea la cercanía pero también la teme, creando una paradoja dolorosa: «quiero que me quieras, pero si te acercas, me haces daño».
Las relaciones de estas personas pueden ser muy intensas e inestables, oscilando entre la idealización y la devaluación de los demás. Este estilo es más frecuente en personas que han sufrido abuso, negligencia grave o pérdidas traumáticas tempranas. Es también el que más se beneficia de la psicoterapia especializada.
Cómo se manifiesta el apego en tus relaciones cotidianas
El estilo de apego no solo influye en las relaciones de pareja, aunque en ellas es donde suele manifestarse con más intensidad. También impacta en las amistades, en la relación con los compañeros de trabajo, con los hijos y con uno mismo.
En la pareja, por ejemplo, es muy común la dinámica entre una persona ansiosa y una evitativa. Cuanto más busca la persona ansiosa cercanía y reafirmación, más se aleja la persona evitativa, que percibe esa demanda como una amenaza a su autonomía. Y cuanto más se aleja la evitativa, más ansiedad genera en la otra. Es lo que los terapeutas llaman el «ciclo perseguidor-distanciador», y puede volverse agotador para ambas partes si no se toma conciencia de él.
En las amistades, el apego ansioso puede llevar a una dependencia excesiva o a sentirse fácilmente herido por pequeñas señales de distancia. El apego evitativo puede traducirse en dificultad para pedir ayuda o para compartir vulnerabilidades. El apego seguro, en cambio, facilita relaciones más equilibradas y satisfactorias en todos los ámbitos.
En la relación con uno mismo, el estilo de apego también deja huella. Las personas con apego ansioso suelen tener un diálogo interno muy autocrítico y una baja autoestima. Las personas con apego evitativo pueden desconectarse de sus propias emociones y tener dificultades para reconocer sus necesidades afectivas.
¿Puede cambiar el estilo de apego en la edad adulta?
La buena noticia es que sí. Aunque el estilo de apego tiende a ser estable a lo largo del tiempo, no es inmutable. La investigación muestra que las llamadas «experiencias emocionales correctoras» pueden modificar de forma significativa los modelos internos de trabajo, es decir, las creencias inconscientes que tenemos sobre nosotros mismos y sobre los demás.
Una relación de pareja segura y consistente puede, con el tiempo, ayudar a «reparar» patrones de apego ansioso o evitativo. También puede hacerlo una amistad profunda y fiable, la relación con un mentor o, de manera más directa y eficaz, la psicoterapia.
El objetivo terapéutico no es alcanzar un apego «perfectamente seguro», sino desarrollar lo que los investigadores llaman seguridad ganada: la capacidad de reflexionar sobre la propia historia de apego, integrar las experiencias difíciles y relacionarse con los demás desde una posición más flexible y consciente.
Consejos prácticos según tu estilo de apego
Si te has reconocido en alguno de los estilos descritos, aquí van algunas orientaciones para trabajar con tu patrón de apego:
Si tu apego es ansioso:
Practica la tolerancia a la incertidumbre. Antes de enviar ese mensaje de texto urgente o de interpretar el silencio de tu pareja como una señal de abandono, date un tiempo. Pregúntate: «¿Esto que siento refleja la realidad, o es mi sistema de alarma disparado por el pasado?».
Trabaja tu autoestima de forma independiente a tus relaciones. La búsqueda constante de validación externa suele ser síntoma de que no nos proveemos suficiente seguridad interna. La terapia cognitivo-conductual o la terapia de esquemas pueden ser especialmente útiles.
Si tu apego es evitativo:
Practica la vulnerabilidad gradual. No necesitas abrirte emocionalmente de golpe, pero sí puedes dar pequeños pasos hacia la conexión. Comparte algo que normalmente guardarías para ti. Pide ayuda cuando la necesites. Observa que la intimidad no tiene por qué ser una trampa.
Aprende a identificar y nombrar tus emociones. Las personas con apego evitativo suelen tener dificultades con la alexitimia (dificultad para reconocer y expresar emociones). Prácticas como el mindfulness o el journaling emocional pueden ser un buen punto de partida.
Si tu apego es desorganizado:
Busca apoyo profesional especializado. El apego desorganizado está frecuentemente asociado a experiencias traumáticas y requiere un trabajo más profundo que el que se puede hacer de manera autodidacta. La terapia EMDR, la terapia sensoriomotriz o los enfoques basados en el trauma pueden marcar una diferencia significativa.
La importancia de la consciencia del apego en la crianza
Si eres padre o madre, comprender tu propio estilo de apego tiene una dimensión adicional: la transmisión intergeneracional. Los estudios muestran que el estilo de apego de los padres es uno de los predictores más potentes del tipo de apego que desarrollarán sus hijos. No porque el apego sea genético, sino porque nuestros patrones relacionales inconscientes moldean cómo respondemos a las necesidades emocionales de nuestros hijos.
La buena noticia es que no hace falta ser un padre o una madre perfecta. Daniel Siegel y Mary Hartzell, en su trabajo sobre la crianza consciente, destacan que la clave no es la perfección sino la «reparación»: la capacidad de reconocer cuando hemos fallado emocionalmente con nuestros hijos y restaurar el vínculo. Esta reparación repetida es, en sí misma, una enseñanza poderosa.
Conclusión: conocerte para relacionarte mejor
El apego no es un destino fijo, sino un punto de partida. Conocer tu estilo de apego no es una sentencia, sino una oportunidad: la oportunidad de entender por qué reaccionas como reaccionas, qué heridas antiguas siguen influyendo en tu vida presente y qué puedes hacer para construir relaciones más satisfactorias y auténticas.
La psicología del apego nos recuerda algo fundamental: los seres humanos somos seres de relación. Necesitamos a los demás, y esa necesidad no es una debilidad. Es parte esencial de nuestra naturaleza. Aprender a vincularnos de forma más segura, tanto con los demás como con nosotros mismos, es uno de los caminos más profundos hacia el bienestar emocional.
Si reconoces en ti mismo patrones de apego que te generan malestar o que interfieren con tus relaciones, consultar con un psicólogo puede ser el primer paso hacia un cambio genuino y duradero.








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