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Un hombre se despierta una mañana y descubre que ha sido arrestado. No se le comunica el delito del que se le acusa. No sabe quién le juzga ni cuándo. Nadie a su alrededor puede explicarle qué está pasando. Y, lo más perturbador, el sistema que lo procesa funciona con una lógica completamente inaccesible para él. Esta es la premisa de El proceso, la novela que Franz Kafka escribió en 1914 y que su amigo Max Brod publicó póstumamente en 1925. Aunque Kafka nunca tuvo intención de que se publicara, la obra se convirtió en una de las más influyentes de la literatura del siglo XX y en un referente inevitable para cualquiera que quiera entender la psicología humana ante la incertidumbre, la pérdida de control y la angustia existencial.

El término kafkiano ya forma parte del lenguaje cotidiano para describir situaciones insólitas, opresivas e incomprensibles. Pero más allá de su impacto cultural, la novela contiene enseñanzas psicológicas de una precisión asombrosa, especialmente en lo que respecta a la ansiedad, el locus de control, la indefensión aprendida y el modo en que la mente humana reacciona cuando se enfrenta a un poder que no puede comprender ni influir.

La historia: Josef K. y el laberinto sin salida

Josef K. es un empleado de banca ordenado, competente y seguro de sí mismo. Su vida transcurre con la tranquilidad de quien tiene todo bajo control. Hasta que, sin previo aviso, un grupo de agentes de una autoridad desconocida se presenta en su habitación para comunicarle que está siendo sometido a un proceso judicial. No se le explica el delito. No se le da fecha para el juicio. No se le informa de quién ostenta la autoridad que lo juzga. Y, paradójicamente, puede seguir con su vida normal mientras tanto: ir al trabajo, salir, relacionarse.

A lo largo de los capítulos siguientes, K. intenta infructuosamente desenredar el laberinto burocrático que lo engulle. Cada puerta que abre conduce a otra puerta. Cada persona que le promete ayuda resulta ser impotente o inútil. La maquinaria del proceso avanza sin lógica aparente, impasible ante sus esfuerzos, su indignación y su búsqueda de justicia. La novela termina con la ejecución de K., que muere —en sus propias palabras— «como un perro», sin haber comprendido nada.

La clave interpretativa no está en la trama superficial, sino en lo que ocurre en la mente de K. durante todo ese tiempo. Como señaló el análisis del Colegio de Psicólogos de San José: la obra de Kafka explora «los aspectos más oscuros de la psicología humana», con personajes atrapados en situaciones absurdas que reflejan la alienación y la angustia existencial del individuo en la sociedad.

La ansiedad ante la incertidumbre: cuando no saber es lo más intolerable

Uno de los ejes psicológicos fundamentales de la novela es la representación de la ansiedad ante lo desconocido. Josef K. no sufre porque sea culpable, ni siquiera porque el castigo sea severo. Sufre, sobre todo, porque no sabe. No conoce la acusación. No conoce las reglas. No conoce el proceso. Esta incertidumbre radical es, desde la perspectiva psicológica, uno de los estresores más potentes que puede experimentar un ser humano.

La psicología de la ansiedad ha demostrado repetidamente que la incertidumbre no resuelta puede ser más angustiante que una amenaza concreta y definida. Cuando la amenaza es clara, la mente puede movilizar estrategias de afrontamiento: planificar, prepararse, actuar. Cuando la amenaza es difusa, ubicua e incomprensible, el organismo se mantiene en un estado de alerta crónica que drena los recursos psicológicos sin permitir ninguna descarga efectiva. Esto es exactamente lo que ilustra Kafka: K. vive instalado en una hipervigilancia constante, intentando leer señales en cada conversación, en cada mirada, en cada gesto de los personajes que lo rodean.

«La filosofía existencial considera que la ansiedad es una respuesta de carácter humano dirigida hacia la amenaza que sufren los valores morales, y que aparece cuando el sistema de valores que da sentido a la vida del ser humano se ve amenazado.» — Casado, 1994, citado en Pepsic BVSalud

Desde la corriente existencialista de la psicología —que tanto influyó a lectores de Kafka como Camus y Sartre— la ansiedad no es un síntoma a eliminar, sino una condición inherente a la existencia humana. La angustia surge precisamente cuando el individuo se enfrenta a la incertidumbre radical: la de no controlar el mundo, la de no conocer el sentido de lo que le ocurre, la de estar expuesto a fuerzas que le superan. Josef K. es la encarnación literaria más perfecta de este estado.

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El locus de control externo: cuando sientes que nada de lo que hagas importa

Una de las contribuciones más importantes de la psicología del siglo XX al estudio del bienestar psicológico es el concepto de locus de control, formulado por el psicólogo Julian Rotter en 1966 en el marco de su teoría del aprendizaje social. El locus de control describe la percepción que tiene una persona sobre el grado de control que ejerce sobre los eventos que le ocurren.

Quienes tienen un locus de control interno creen que sus acciones influyen en los resultados que obtienen: si se esfuerzan, algo cambia. Quienes tienen un locus de control externo perciben que los eventos dependen del azar, del destino o de fuerzas externas que escapan completamente a su influencia. La investigación ha demostrado que un locus de control externo persistente se asocia con mayores niveles de ansiedad, depresión y menor bienestar psicológico.

Josef K. comienza la novela con un locus de control claramente interno: es un hombre seguro, competente, que confía en que sus acciones tienen consecuencias. Pero a medida que el proceso avanza, esa percepción se va erosionando de manera sistemática. Cada acción que emprende fracasa. Cada recurso que intenta se vuelve inútil. Cada persona de quien espera ayuda resulta estar también atrapada en el mismo laberinto. El sistema judicial, opaco e impenetrable, nunca responde a sus iniciativas.

Esta erosión progresiva del sentido de control es uno de los elementos más perturbadores de la novela, y también uno de los más psicológicamente precisos. Como describe Rotter (1966), el sentido de alienación que emerge del locus externo incluye «el sentimiento de que uno no puede influir en los resultados que se derivan de un proceso de toma de decisiones», junto con la pérdida de claridad en la toma de decisiones y la sensación de verse separado de la sociedad: exactamente lo que experimenta K. capítulo a capítulo.

La indefensión aprendida: rendirse cuando nada funciona

Estrechamente ligado al locus de control externo se encuentra el fenómeno de la indefensión aprendida, descrito por el psicólogo Martin Seligman a partir de sus investigaciones de 1967 en la Universidad de Pensilvania. Seligman observó que, cuando un organismo era sometido de forma repetida a situaciones incontrolables —en las que nada de lo que hacía podía cambiar el resultado—, acababa adoptando una actitud de pasividad y renuncia incluso en situaciones posteriores donde sí existía la posibilidad de actuar. El organismo había «aprendido» que sus acciones eran irrelevantes.

En palabras de la investigación: «cuando un individuo siente que las posibilidades de cambiar un aspecto importante de su vida están fuera de su alcance, pierde el deseo y la voluntad de cambiar otros aspectos del ambiente que son factibles de cambio. Esto lleva a la aparición de signos de indefensión, depresión y desesperanza» (Oros, 2005, citado en trabajos sobre indefensión aprendida). Este fenómeno constituye uno de los modelos explicativos más sólidos de la depresión en psicología clínica.

La trayectoria psicológica de Josef K. sigue este patrón con una fidelidad que parece anticipar los propios trabajos de Seligman. Al comienzo, K. reacciona con energía e indignación. Consulta abogados, busca contactos, prepara alegaciones, intenta entender el sistema. Pero cada esfuerzo se estrella contra una pared. El proceso sigue adelante con indiferencia absoluta hacia sus acciones. Y, de forma progresiva, K. se va vaciando: deja de confiar en su abogado, abandona estrategias, cae en la apatía. Al final, cuando los ejecutores llegan para llevarlo a su muerte, K. apenas opone resistencia.

Esto no es cobardía, sino el resultado previsible de la indefensión aprendida: la mente que ha registrado durante demasiado tiempo que sus acciones no tienen consecuencias acaba dejando de actuar, no por falta de voluntad, sino porque ha interiorizado la inutilidad del esfuerzo. Este mecanismo psicológico, que Kafka captó de forma intuitiva, es hoy uno de los fenómenos más estudiados en psicología clínica y social.

La culpabilidad sin crimen: la presunción de culpa como trampa psicológica

Hay un elemento de la novela que resulta especialmente inquietante desde el punto de vista psicológico: Josef K. nunca sabe de qué se le acusa, y sin embargo, a medida que avanza el proceso, empieza a comportarse como si en algún nivel intuitivo aceptara que podría ser culpable. Busca defensas, intenta justificarse, se somete voluntariamente al tribunal. ¿Por qué alguien que cree ser inocente se comporta así?

Este fenómeno ha sido descrito en la literatura psicológica como culpabilidad existencial difusa: una especie de culpa flotante, no vinculada a ninguna acción concreta, que algunos autores relacionan con la condición humana misma. Desde la perspectiva existencialista de Heidegger, el ser humano está constitutivamente expuesto a la culpa, no por haber hecho algo malo específico, sino por el mero hecho de existir como ser libre que podría haber elegido de otra manera.

«La culpa existencial es un vago sentimiento de culpa libremente flotante, no vinculado a ninguna mala acción específica por parte del agente.» — Wikipedia, Crisis existencial

Kafka, que vivió con una angustia personal muy intensa y escribió largamente sobre su sensación de no estar a la altura de lo que los demás esperaban de él —especialmente su padre—, parece haber volcado en K. esta experiencia de sentirse juzgado sin saber exactamente por qué. Y desde la psicología, esta experiencia es más frecuente de lo que parece: muchas personas arrastran una culpa difusa, una sensación de no ser suficientemente buenos, de estar siempre al borde de ser descubiertos en alguna insuficiencia que ni ellos mismos pueden definir con precisión.

Lo kafkiano en la vida real: cuando el sistema nos supera

Uno de los motivos por los que la novela sigue siendo tan vigente más de un siglo después de su escritura es que la experiencia que describe —la del individuo atrapado en un sistema opaco que no puede entender ni cambiar— no es exclusiva de la ficción. La investigación en psicología social y organizacional ha documentado ampliamente las consecuencias psicológicas de la burocracia, la arbitrariedad institucional y la pérdida de agencia en sistemas complejos.

Las personas que trabajan en entornos donde las normas cambian sin explicación, donde los criterios de evaluación son opacos, donde las decisiones se toman de forma impredecible, experimentan niveles significativamente más altos de ansiedad, agotamiento emocional e indefensión. Este es el ambiente que Kafka describe en toda su obra: un mundo en el que el individuo no puede encontrar la lógica que rige su situación, y esa imposibilidad de comprensión es, en sí misma, devastadora.

El adjetivo kafkiano, que ha pasado al lenguaje cotidiano, describe precisamente estas situaciones: las que generan en el individuo una sensación de desorientación, impotencia y absurdo ante un sistema que no responde a ninguna lógica humana reconocible. La psicología organizacional ha estudiado extensamente cómo estas situaciones se asocian con el burnout, la despersonalización y los trastornos de ansiedad en contextos laborales e institucionales.

Enseñanzas psicológicas prácticas que podemos extraer

1. La incertidumbre sostenida es uno de los estresores más potentes

Saber que algo malo puede ocurrir es tolerable. No saber si ocurrirá, cuándo, ni por qué, es mucho más difícil de gestionar. La mente necesita información para poder planificar y actuar. Cuando esa información no existe, la activación del sistema de alerta se vuelve crónica y agotadora. Aprender a tolerar la incertidumbre —a través de técnicas de regulación emocional, atención plena o reestructuración cognitiva— es una de las habilidades psicológicas más útiles que puede desarrollar una persona.

2. El locus de control externo, si se instala, es dañino

Cuando una persona siente de forma sostenida que lo que le ocurre no depende de sus acciones, su motivación, su autoestima y su salud mental se deterioran de forma previsible. Reconocer qué aspectos de la propia vida sí son controlables —incluso cuando otros no lo son— y actuar sobre ellos es una estrategia protectora fundamental. El trabajo terapéutico muchas veces consiste precisamente en ayudar a la persona a recuperar la percepción de agencia allí donde la ha perdido.

3. La indefensión aprendida puede revertirse

Una de las enseñanzas más esperanzadoras de la investigación de Seligman es que la indefensión aprendida, aunque poderosa, puede deshacerse mediante experiencias de control exitoso. Cuando la persona comprueba que sus acciones sí tienen consecuencias —aunque sea en ámbitos pequeños— la percepción de impotencia empieza a ceder. Este principio es la base de muchas intervenciones terapéuticas orientadas a la activación conductual y al trabajo con la autoeficacia.

4. La culpa difusa merece ser nombrada y explorada

Muchas personas arrastran una sensación de culpa o insuficiencia que no pueden vincular a ningún acto concreto. Esta culpa flotante, si no se trabaja, puede alimentar la ansiedad y deteriorar la autoestima de forma silenciosa. Ponerle nombre, explorar su origen y cuestionarla de forma racional con el apoyo de un profesional es frecuentemente el primer paso para aliviarla.

5. Los sistemas opacos e incomprensibles dañan psicológicamente

Tanto en el ámbito laboral como en el familiar o institucional, la falta de claridad en las normas, los criterios arbitrarios y la ausencia de información comprensible son factores que generan malestar psicológico real y mesurable. Crear entornos predecibles, transparentes y donde las personas puedan entender las razones de las decisiones que las afectan no es solo una cuestión de gestión: es una condición de salud mental.

Conclusión

Kafka escribió El proceso en unas pocas semanas febriles de otoño de 1914, en plena Primera Guerra Mundial, mientras él mismo luchaba con una ansiedad existencial que lo acompañó toda la vida. No pretendía escribir un manual de psicología. Pero lo que retrató con su intuición de genio —la mente humana sometida a la incertidumbre radical, la erosión del sentido de control, la paradoja de sentirse culpable sin saber de qué— anticipa con décadas conceptos que la psicología científica no formalizaría hasta los años 60 y 70.

Leer a Kafka hoy, con ojos psicológicos, es encontrarse con una descripción extraordinariamente precisa de experiencias que muchas personas viven en silencio: la sensación de estar siendo juzgadas sin entender por qué, de luchar contra sistemas que no responden, de esforzarse sin ver resultados. La próxima vez que alguien describa su situación como kafkiana, quizás valga la pena detenerse un momento y preguntarse qué mecanismo psicológico hay detrás de esa palabra.

Fuentes

1. Kafka, F. (1925/1999). El proceso. Alianza Editorial.

2. Rotter, J. B. (1966). Generalized expectancies for internal versus external control of reinforcement. Psychological Monographs: General and Applied, 80(1), 1-28.

3. Seligman, M. E. P. (1975). Helplessness: On Depression, Development, and Death. W. H. Freeman.

4. Seligman, M. E. P. y Maier, S. F. (1967). Failure to escape traumatic shock. Journal of Experimental Psychology, 74(1), 1-9.

5. Oros, L. B. (2005). Locus de control: Evolución de su concepto y operacionalización. Revista de Psicología de la Universidad de Chile, XIV(1), 89-98.

6. Visdomine-Lozano, J. C. y Luciano, C. (2006). Locus de control y autorregulación conductual: revisiones conceptual y experimental. International Journal of Clinical and Health Psychology, 6(3), 729-751.

7. Casado, M. I. (1994). Ansiedad, Stress y Trastornos Psicofisiológicos. Tesis Doctoral. Universidad Complutense de Madrid. Citado en: Virues-Ortega, J. (2003). Ansiedad, angustia y estrés: tres conceptos a diferenciar. Revista Mal-Estar e Subjetividade, 3(1), 10-59.

8. Colegio de Psicólogos de San José (Argentina). (2022). El impacto de Kafka en la psicología. colegiodepsicologossj.com.ar

9. Virues-Ortega, J. (2003). Ansiedad, angustia y estrés: tres conceptos a diferenciar. Revista Mal-Estar e Subjetividade / Universidade de Fortaleza, 3(1), 10-59. Disponible en: pepsic.bvsalud.org

10. Ortiz, M. E. y Cols. (s.f.). Construcción y Validación de una Escala de Locus de Control. Universidad del Bío-Bío, Chile.

11. Wikipedia. (2025). Crisis existencial. es.wikipedia.org/wiki/Crisis_existencial

12. Cieza-Morales, J. A. y Cols. (2024). La influencia de la moralidad en la obra de Dostoievski: Crimen y castigo. Revista La Vida & La Historia, 11(2), 31-35. [Referencia metodológica comparativa con el artículo previo de la serie.]

13. Solano Villarreal, M. (2020). Kafka y la enfermedad. Entre la realidad y la escritura. Estudios Filológicos, 66, 223-245. Scielo Chile. doi:10.4067/S0071-17132020000200223

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