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03 de mayo de 2020.

Ahora que empezamos a salir a la calle y retomamos algunas actividades como el deporte, está surgiendo un tema interesante desde el punto de vista psicológico, en el que nunca habíamos pensado.

Mucha gente, entre la que me incluyo, ha aprovechado esta situación de confinamiento para poner al día la lista interminable de tareas en casa (en el sentido literal lo de interminable): desde pintar o hacer arreglos a leer ese libro que teníamos en la repisa listo para ser empezado y para el que no encontrábamos un rato siquiera. Hemos hecho muchas cosas, hemos tenido tiempo de aburrirnos, de sentarnos en el sillón y mirar por la ventana sin pensar en nada…

Después de muchas semanas de adaptación a nuestra propia casa -tiene tela la frase, que no es sino un indicativo del nivel de histeria colectiva para tener experiencias y vivir la vida a tope, que tendríamos que repensar seriamente- hemos descubierto lo bien que se está, lo que nos cunde el tiempo, la necesidad que teníamos de bajar el ritmo de nuestra vida, y al final ha pasado lo que tenía que pasar: nos hemos dado cuenta que tenemos que bajar la velocidad de crucero que llevábamos, dejar ser tan productivos. Lograr la máxima productividad no solo se da en el ámbito laboral, que sería algo normal, sino además, está en llevar al máximo nuestro esfuerzo para lograr los objetivos que nos hemos marcado en todas las facetas de nuestra vida, porque «si queremos podemos» nos dicen y nos decimos, maximizar nuestras vivencias, nuestros logros, tener más amigos en instagram y los «me gustas», etc, etc, etc.

Estamos en un punto ahora mismo que, aunque no haya sido voluntario, estamos a gusto -digamos que no hay mal que por bien no venga, más bien-. Y justo en este punto, viene la siguiente fase de todo este embrollo: cuando nos dicen que podemos salir a hacer más cosas además de hacer la compra o a ir trabajar, el que aún trabaje. Más de uno se lo está pensando, sobre todo por el miedo al contagio, pero también por lo dicho en el párrafo anterior. A este sentimiento que mezcla miedo, miedo al rechazo de los demás, ansiedad y algo de tristeza por dejar nuestra segura casa, se le podría llamar el síndrome de la cabaña: que al parecer ya se ha dado en personas que han permanecido durante mucho tiempo hospitalizadas y tienen miedo de salir a la calle, expresidiarios, o personas que han sufrido un secuestro.

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